sábado, 28 de marzo de 2009

Los abrazos rotos



Los abrazos rotos, de Pedro Almodóvar



En uno de sus momentos de lucidez aplastante, a Vujadin Boskov se le ocurrió decir aquello de fútbol es fútbol. Su frase triunfó porque, como todas las frases lapidarias, contiene una obviedad con ínfulas de universal. En el mismo tono, con la misma rotundidad, me permito afirmar otra evidencia del mismo estilo: Almodóvar es Almodóvar. Los autores muy personales tienen eso, que te gustan o te disgustan, que los adoras o los odias, pero no te defraudan, siempre son ellos mismos.

Así que adelanto mi recomendación, que debería ser la conclusión de este comentario: si usted adora el cine de Almodóvar, no se pierda Los abrazos rotos; si no soporta el cine de Almodóvar, ni se le ocurra ir a verla.

En cuanto a la película en sí, en mi opinión no es de lo mejor de su filmografía. A riesgo de equivocarme y de que el tiempo me quite la razón, creo que se quedará en una cinta menor, una curiosidad en la que el director se hace un homenaje a sí mismo, a sus actores favoritos y al cine tal como él lo entiende, es decir, a su cine.

Dice Carlos Boyero en El País que le ha producido tedio. Yo no llegaría a tanto. Estoy de acuerdo en que el argumento es cansino y en que el espectador nunca llega a conectar con los acontecimientos, a excepción de las breves escenas en las que aparece Ángela Molina, las únicas que llegan a emocionar. Coincido también en que el ritmo es irregular y la película se hace innecesariamente larga. Pero lo que tiene Almodóvar es que mantiene la atención a base de cambios de registro constantes y de momentos verdaderamente brillantes, que los hay.

Creo que Los abrazos rotos fracasa a la hora de conmover porque le pierde su propio esteticismo. La historia lo tiene todo para interesar: amor, pasión fatal, celos, remordimiento, poder, rencor, intriga y cine dentro del cine. El problema es que el esfuerzo por producir impacto formal se nota demasiado y produce un distanciamiento tal que impide conectar con el sentir de los personajes. Se ve más el “cómo” que el “qué”. Ese tipo de desapego le va bien a la comedia, pero sin duda mata el drama.

Por lo demás, vale la pena ver a Penélope Cruz, que no ofrece su mejor trabajo interpretativo, pero está bella, radiante, estrella de cine en el sentido más clásico. Recomiendo también los últimos minutos de Carmen Machi, un recuerdo del humor personalísimo del mejor Almodóvar.


Permítanme terminar con otro pensamiento del perspicaz entrenador serbio: el fútbol es imprevisible porque todos partidos empiezan cero a cero. Lo que le ocurre a Almodóvar es que a estas alturas ha dejado de ser imprevisible, precisamente porque no parte de cero, parte de un universo particular que ha ido construyendo y amueblando a lo largo de los años. El joven provocador lleno de ideas nuevas, de desfachatez y de frescura es ya un señor cincuentón, capaz de firmar una película madura como Volver, pero con muchas dificultades para epatar al burgués. Además, el burgués de ahora está ya curado de espanto.

2 comentarios:

  1. Pues a mi me ha gustado mucho.

    Buen blog.

    ResponderEliminar
  2. Gracias. Y me alegro de que le haya gustado. En esto del cine, como en tantas cosas, hay para todos los gustos. Afortunadamente.

    ResponderEliminar