
La duquesa, de Saul Dibb
Confieso que soy muy aficionada a las películas de época, sobre todo las ambientadas en Inglaterra. Me gusta la belleza de los paisajes solitarios o animados por escenas de caza, el rojo de las casacas sobre el verde de los campos, los palacios de un lujo tan ordenado e impecable como las personas que los habitan. Me interesa esa sociedad absolutamente cerrada y las relaciones y pasiones, siempre contenidas, que genera.
Dicho esto, se comprenderá que esperaba el estreno de La Duquesa como quien espera una ración de su plato favorito. Y es que, además, el personaje de Georgiana Spencer es atractivo y lleno de matices, una de esas mujeres cuya historia es la historia de su época. Reconocida belleza, icono de la moda, retratada por Gainsborough y Reynolds, influyente en la sociedad y comprometida con la política en un momento en que el voto femenino estaba a siglos de ser legal, la vida de la Duquesa de Devonshire contiene materia para varias películas.
En cuanto a los actores, Keira Knighley, además de belleza, tiene el porte y el carisma necesarios, como ha demostrado en Orgullo y Prejuicio y, sobre todo, en Expiación. La acompañan Ralph Fiennes con un trabajo excelente, como casi siempre, y Charlotte Rampling, que aporta empaque y solvencia. El resto del reparto está a la altura.

La producción es suntuosa, la ambientación magnífica y el vestuario ha merecido un Óscar. Y sin embargo, el resultado final es decepcionante. El problema está, creo, en el guión.
De todos los aspectos de la vida de la Duquesa de Devonshire, el argumento se centra casi exclusivamente en su tragedia privada. De esta forma, donde podría haber un panorama de la sociedad de la época, de sus valores, del interesante momento político y cultural, del papel de la mujer en todo ello, nos encontramos con la trillada historia de una pobre niña rica a la que casan con un hombre mayor y dominante. Aun así, tal historia podría tener cierto interés si estuviese bien contada, pero tampoco. Los diálogos son desafortunados y artificiales, el ritmo irregular, la profundidad psicológica no existe.

Queda pues el innegable espectáculo visual y el dudoso morbo de comprobar las similitudes entre la vida de Georgiana Spencer y la de su pariente Diana Spencer, Princesa de Gales, similitudes que se han exagerado en la publicidad de la película. En definitiva, poco contenido para tanto envoltorio.
No puedo evitar pensar en directores como Stephen Frears, James Ivory o incluso Martin Scorsese. ¡Qué cesto habrían hecho con estos mimbres!
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