
Sicko, de Michael Moore
Con Sicko me ha sucedido lo mismo que con las anteriores películas de Moore: estoy básicamente de acuerdo con lo que defiende, pero no me gusta cómo lo defiende. Creo que un asunto tan serio y complejo como la cobertura sanitaria universal merece tratarse con argumentos, no con trucos de magia y cartas en la manga. Moore se dirige exclusivamente al corazón del espectador y olvida su cabeza, creo que con toda la intención. Y eso no se llama reportaje ni documental, se llama propaganda.
Ahora bien, si aceptamos que estamos viendo propaganda y si conseguimos olvidarnos del cargante protagonismo del director, que no es fácil, hay que reconocer que se trata de un producto muy eficaz. Michael Moore maneja las fibras sensibles y el interés como nadie, hasta el punto de que las dos horas de metraje se hacen cortas, un mérito innegable tratándose de un documental.
Me habría gustado ver Sicko en su momento, en el calor de la polémica que provocó su estreno en Estados Un
idos, pero no pudo ser. Ha aparecido en las pantallas españolas con dos años de retraso y uno se queda con la sensación de llegar al debate demasiado tarde, cuando ya está todo dicho. Lamentablemente, las circunstancias que denuncia siguen existiendo, aunque Obama haya prometido invertir 10.000 millones de dólares anuales en el sistema de salud.Por más que se desarrolle en varios países (Canadá, Francia, Inglaterra o Cuba), Sicko es una película sobre norteamericanos y para norteamericanos. Resulta útil precisamente por eso, porque ayuda a comprender situaciones que por fortuna no se conciben en España. Sin ir más lejos, leía el otro día, a propósito de la gripe porcina, que es difícil valorar el número real de afectados en Estados Unidos, puesto que acudir a un servicio de urgencias supone para muchos un desembolso que no se pueden permitir, así que es probable que decidan tratarse los síntomas en casa. ¿Les parece increíble, como a mí, que suceda esto en un país desarrollado? Vean Sicko.
En fin, que Michael Moore sigue siendo demagógico, exagerado, parcial, mesiánico y lacrimógeno. Y, sin embargo y a pesar de todo ello, sigue teniendo razón.
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