sábado, 23 de mayo de 2009

Ángeles y demonios



Ángeles y demonios, de Ron Howard




La primera novela que publicó Dan Brown, El código Da Vinci, dio tanto que hablar en su momento que no había conversación en la que no saliese a relucir, bien para alabarla, bien para ponerla de vuelta y media, bien para debatir la verosimilitud del argumento. No me quedó más remedio que leerla. Estaba segura de que no iba a gustarme y así fue, pero al menos podía intervenir en las discusiones sabiendo de qué hablaba.

Ángeles y demonios no ha tenido tanta repercusión, afortunadamente para mí, porque así me he librado de leer la novela. Sin embargo y a pesar de mi resistencia, circunstancias que no hacen al caso me han obligado a ver la película. Pues bien, pasado el trago, tengo que reconocer que resulta mucho más entretenida que la anterior. Claro que el listón no estaba muy alto.

El director, Ron Howard, acusó al Vaticano de interferir con la obtención de permisos para rodar en Roma. No era de extrañar, estando por medio el nombre de Dan Brown. Sin duda, a los productores les hubiese gustado mucho una oposición frontal de la Iglesia, similar a la que se originó con El código Da Vinci. Ese tipo de polémicas engorda la taquilla.

Pero para eso tendrían que haber cuestionado algún dogma, o al menos atacar un poco a la cúpula de Roma. Nada más lejos de la realidad de la cinta. Es tan complaciente con las autoridades eclesiásticas que al final dan ganas de hacerse católico. De hecho, una vez estrenada, L’Osservatore Romano publicó una reseña que califica Ángeles y demonios de “comercial y poco exacta”, pero también de “entretenimiento inofensivo sin ningún peligro para la Iglesia”. Ni un rombo le han puesto.

En cuanto al argumento, cualquiera que se preocupe de informarse un poco, averiguará sin esfuerzo que es imposible hoy en día fabricar una bomba de antimateria y que, desde luego, en el CERN no hay científicos locos que se dediquen a semejante actividad. También averiguará que ni Galileo ni Bernini pudieron formar parte de la sociedad de los Illuminati, pues ambos habían muerto en 1776, cuando Adam Weishaupt la fundó. Pero, claro, ¿qué es una intriga esotérica sin física cuántica de andar por casa, sin sociedades secretas y sin Galileo? Nada. En todo caso, es de agradecer que esta vez se hayan abstenido de introducir a los templarios, tan ubicuos últimamente.

En conclusión, que pueden sentarse con toda tranquilidad a disfrutar de las peripecias de Langdon resolviendo acertijos simbólicos contra reloj. Los acertijos son lo bastante simples para estar relajados y no pensar mucho. Y además, podrán hacerlo sin cometer pecado alguno. No lo digo yo, lo dice L’Osservatore Romano: “entretenimiento inofensivo”. Ustedes mismos.

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