
Señales del futuro, de Alex Proyas
No encontraba en los estrenos de este viernes nada que me llamase la atención. Pensé incluso en tomarme el fin de semana libre, aprovechando que todo el mundo está de vacaciones. Al final, me decidí por Señales del futuro. Primero, porque era de Alex Proyas, el director de Dark City. Y segundo, porque hacía tiempo que no veía nada de ciencia ficción y es un género que me interesa.
No esperaba semejante sucesión de tópicos. Tampoco el recital de Nicolas Cage alternando cara de compungido con cara de angustiado, según la escena. Sí, esa expresión de pasmo a la que nos tiene acostumbrados últimamente y que acaba con la paciencia de cualquiera. Ha cambiado de peinado, pero no de ojos lacrimosos.
A pesar de Cage, la película comienza con interés y las primeras escenas crean expectación. Vamos aceptando inverosimilitudes una detrás de otra con la esperanza de que al final todo encaje. Sin embargo, a medida que avanza la trama, esa esperanza se pierde por completo. No hay ciencia ficción sencillamente porque no hay ciencia, por muy astrofísico del M.I.T. que sea el protagonista. Todo se resuelve en pseudo-filosofías, numerologías, profecías, trascendencias y seres extraños con comportamientos absurdos que nadie considera necesario explicar. Por supuesto, sería ridículo buscar realismo en una película de ciencia ficción, pero eso no significa q
ue aceptemos la incoherencia. Incluso la más inconcebible de las fantasías debe ser internamente verosímil, debe ir a alguna parte y explicarse a sí misma.Alex Proyas combina ritmos de thriller con escenas de catástrofes, en un ambiente de misterio sobrenatural bastante forzado. La casa en que viven los protagonistas, por ejemplo, es digna de la madre de Norman Bates. Con todo, Señales del futuro podría salvarse si no fuera por la parte final. Las escenas de los accidentes son espectaculares y el argumento, si somos generosos con las incongruencias, entretiene.
Lo malo es que llegamos al desenlace apocalíptico y se confirma lo que sospechábamos: la película va en serio, tiene mensaje. Y eso ya es demasiado, porque el tal mensaje, además de solemne y pomposo, es decidida y definitivamente tonto.
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