
La sombra del poder, de Kevin Macdonald
No tenía previsto ver La sombra del poder porque no me atrae demasiado ese género cinematográfico –y literario- que se ha dado en llamar thriller y que suele consistir en un enredo confuso y frenético, donde los buenos (periodistas, abogados, detectives, espías o médicos) y los malos (asesinos en serie, políticos corruptos o millonarios poderosos) se dedican a correr de un lado para otro. Ellos no parecen cansarse, pero yo acabo agotada.
Sin embargo, mi amigo Antonio Fernández, que ha visto mucho cine, me la recomendó y se lo agradezco. Me alegro de no habérmela perdido. La sombra del poder es un thriller, sí, pero un thriller muy bien hecho. Sin ser novedosa ni original, mantiene el interés con un suspense medido y un ritmo ágil pero no atropellado. Tiene el mérito de conseguir que el espectador en ningún momento se sienta perdido y eso no es fácil con una trama tan compleja. Quizá le sobren los recovecos finales, pero aun así no resulta larga
.

Rusell Crowe está espléndido en su papel de reportero clásico, de la vieja escuela, con ese punto de romanticismo periodístico fiel a una ética diferente, pero no por ello menos definida. Uno de los aciertos de la película es precisamente el contraste entre McCaffrey y su joven compañera de investigación, la bloguera Della (Rachel McAdams), que representa el nuevo estilo informativo.
Al carisma que derrocha Crowe sólo le da adecuada réplica Helen Mirren. Las escenas entre los dos resultan brillantes. En cambio, Ben Affleck hace una interpretación decepcionante del congresista
Collins. Creo que el papel daba para bastante más.Un detalle: vale la pena quedarse a ver los títulos de crédito. Imágenes de la impresión del periódico, que emocionarán a los que alguna vez hayan olido la tinta en una rotativa, mientras suena Long as I can see the light. Sí, la de Credence.
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