
El lector, de Stephen Daldry
¿Otra película sobre el holocausto? ¿Realmente quedan cosas que decir? Eso me preguntaba en el momento de decidir lo que iría a ver esta semana. El holocausto es uno de esos temas que la literatura y el cine han tratado tantas veces y de tantas maneras que resulta casi ingenuo esperar algún enfoque nuevo o alguna perspectiva original.
Sin embargo, la cinta de Daldry sí aporta una visión diferente, al menos para mí. Naturalmente, yo ni lo le leído todo ni lo he visto todo, pero una persona muy informada sobre este tema me apuntaba las tesis de Theodor W. Adorno como fuente para el enfoque ideológico de El lector. Me he puesto a buscar en ese inmenso centro de documentación que es Internet y he encontrado este fragmento de una carta que Adorno le escribía a Thomas Mann en 1949:
… Con excepción de un par de canallas, penosos títeres de antigua cepa, no he visto todavía ningún nazi, y esto de ninguna manera sólo en el sentido irónico de que nadie admite haberlo sido, sino en el sentido… de que ellos creen que no lo han sido; que lo reprimen por completo; que, incluso, uno podría especular que ellos en realidad hasta cierto punto no lo fueron… Si debo ser sincero, diré que siempre necesito de la reflexión para recordar que el hombre junto a mí en el tranvía puede haber sido un verdugo.
El personaje de Hanna, interpretado con solvencia y elegancia por Kate Winslet, encaja perfectamente en esta descripción de Adorno. Ella no se avergüenza de los hechos por los que es condenada, ella no era nazi, solamente cumplía con su trabajo. “¿Qué habría hecho usted?”, le dice al fiscal. De lo que sí se avergüenza es de otra sorprendente circunstancia que no puedo desvelar sin contar el argumento.
El lector podría subtitularse perfectamente Tragedia en tres actos. Asistimos, en efecto, a tres momentos clave en la historia de los protagonistas, tres momentos también de la historia de Alemania, como si las propias vidas de los personajes fuesen una metáfora de las etapas por las que ha pasado el pueblo alemán. Y sin embargo, si exceptuamos las escenas del juicio y de la facultad de derecho, el enfoque es eminentemente personal: un hombre y una mujer atormentados, que siempre se encuentran a destiempo y que están profundamente marcados por los acontecimientos que viven. Hanna es la culpa y la expiación, Michael la incapacidad emocional.
Me ha gustado mucho el planteamiento, lleno de preguntas, pero sin respuestas. El espectador sufre la misma perplejidad que los protagonistas y se ve obligado a sacar, como ellos, sus propias conclusiones.
Memorable para mí es la escena de las cintas de cassette, inesperada, intensa y casi mágica. También destacaría, además de la gran interpretación del joven David Kross, el breve personaje de la mujer judía que ha decidido no perdonar y que lleva esa decisión a sus últimas consecuencias, aún en contra de sus propios sentimientos. Ella tampoco encuentra la paz. Nadie la encuentra.
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