
Déjame entrar, de Thomas Alfredson
Hace unas semanas, hablando de la adaptación al cine de Ensayo sobre la ceguera, explicaba lo difícil que me resulta ver una película sin compararla en todo momento con el libro en que se basa. En este caso, por suerte, no he tenido aún la oportunidad de leer la novela de John Ajvide Lindqvist, así que he entrado en el cine con muy pocos datos sobre el argumento. Y digo por suerte porque si hubiese conocido la historia y el final, me habría perdido el excelente juego de suspense que nos regala Tomas Alfredson.
Si les dijese que Déjame entrar es una película de vampiros no mentiría, pero faltaría a la verdad, porque se trata de una de esas obras que trasciende el cine de género, tanto por su sorprendente calidad como por las variadas lecturas que ofrece.
Hay poco diálogo, sobre todo para una película tan introspectiva, pero es que hablan las imágenes. Hablan los fríos y solitarios suburbios de Estocolmo, la pared que separa a los dos protagonistas, las manos, los objetos, el paisaje. Hablan los sentidos, no sólo la vista y el oído, también el tacto y el olfato. El ambiente escrupulosamente realista y cotidiano hace que las escenas de violencia, dosificadas con cuidado exquisito, destaquen sobre el fondo como la sangre sobre la nieve.La inocencia de los niños amantes convierte en creíble lo que entre adultos sería poco menos que inverosímil. El propio autor sugiere que estamos ante una historia de amor trágica e inmortal cuando Eli cita a Shakespeare en la nota de despedida que deja a Oskar: “Debo irme y vivir, o quedarme y morir”, las palabras que Romeo dice a Julieta cuando ve que “el alegre día despunta en las cimas brumosas”. Es ese mismo amanecer que obliga a Eli a encerrarse hasta que la noche vuelva.
Los dos actores protagonistas, además de perfectos en cuanto a su aspecto físico para los papeles que representan, están soberbios. Y eso, siendo tan jóvenes, es un mérito que debe atribuirse al director. El ritmo narrativo es pausado, pero no hay una escena que sobre, cada minuto es significativo. Y, por si todo esto fuera poco, un final de antología que no me perdonaría desvelar, pero que es a la vez lírico y terrible, abierto, sutil y hasta un poco socarrón.No se la pierdan. Bajo ningún concepto.
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