sábado, 14 de marzo de 2009

A ciegas




A ciegas, de Fernando Meirelles



Cualquiera que haya leído Ensayo sobre la ceguera tendrá cierta curiosidad por comprobar cómo resulta su adaptación al cine. Claro que, bien mirado, cualquiera que haya leído Ensayo sobre la ceguera tiene que ser forzosamente muy aficionado a leer, puesto que se trata de una novela difícil, uno de esos libros que requieren esfuerzo, aunque lo compensen con creces. Y si uno es muy aficionado a leer y ha disfrutado con Ensayo sobre la ceguera, es de esperar que su adaptación al cine le parezca decepcionante. Ese es mi caso.

No es que no existan buenas adaptaciones, como se complacen en proclamar algunos bibliófilos de salón. Para desmentirlos, ahí están, por ejemplo, El doctor Zhivago, El gatopardo, Blade Runner o El nombre de la rosa. Lo que hay que tener en cuenta es que se trata de lenguajes distintos, de productos distintos, que deben ser valorados por sí mismos y no por su fidelidad al original. En palabras del propio Saramago:

Las adaptaciones son otro lenguaje y la prudencia manda que no se entre nunca en el debate de si la película es mejor que el libro o al revés. Hay que comparar al libro con otro libro bueno y a la película con otra película buena. Así se sabe si hay calidad.

Ante la recomendación del maestro, me sentí casi obligada a hacer un serio intento de olvidar la novela y hablarles de la película como si fuese un original, pero la verdad es que me veo incapaz. Lo leído, aunque no se recuerde en detalle, deja huella.

Ambas, novela y película, a través del recurso argumental de la ceguera colectiva, reflexionan sobre la civilización y el poder, sobre lo que nos hace humanos. La situación límite a la que se ven condenados los personajes pone en evidencia la fragilidad de los valores, tanto los individuales como los propios de la sociedad.

La película es, en mi opinión, muy irregular. El comienzo consigue inquietarnos pero no implicarnos. La parte central, la que relata el encierro de los afectados, resulta larga y redundante, aunque hacia el final se hace algo más intensa y recupera el interés. Lo mejor, creo, es la última media hora, donde se nos muestra el estado en que ha quedado el mundo exterior.

Considero un acierto la puesta en escena y, sobre todo, aunque parezca una paradoja, la expresión visual de la ceguera, que Meirelles resuelve inundando la pantalla de luz blanca y de imágenes desenfocadas. Me gusta menos el tratamiento de los personajes, quizá porque ahí ha sido demasiado fiel a la novela. Por ejemplo, en la narración es casi imprescindible que quede alguien que conserve la vista, que sea testigo de lo que sucede. Pero en cine no veo la necesidad, para eso está la cámara. Es una cuestión, volviendo a Saramago, de lenguajes.

Me ha parecido, en fin, una película que merece la pena ver, con detalles formales realmente interesantes. Sin embargo, aunque llegue al intelecto, aunque en algún momento me haya tocado el corazón, no ha conseguido traspasar la superficie, ni mucho menos dejar huella. La de la novela, en cambio, permanece después de trece años. Por algo será.

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