
Slumdog Millionaire, de Danny Boyle
Me ha encantado Slumdog millionaire. Es de esas películas que dan ganas de ver varias veces, porque las emociones son muchas y las lecturas más. Hay drama, hay comedia, hay música, hay aventuras, hay crítica social, hay reflexión, hay ternura, hay belleza… Hace reír, llorar y pensar.
Estoy segura de que los expertos han hecho análisis técnicos sobre la modernidad estética, la impactante fotografía, la magnífica banda sonora o la originalidad del montaje. A ellos me remito. Yo sólo sé decir que todos esos elementos sólo cobran sentido cuando están ahí para enriquecer un buen guión y para arropar un buen trabajo de dirección y de actores. Como en este caso.
Boyle nos introduce en una India real, un país donde lo normal es la miseria, la tortura, la muerte, el hambre y el subempleo; una sociedad donde la única esperanza es hacerse rico ganando un concurso de televisión. También se nos muestra una India de desaprensivos, desde los que explotan a niños mendigos hasta el presentador del concurso, el Carlos Sobera oriental, que no repara en medios para defender su inversión. Qué lejos estamos de esa Shangri-La, de ese paraíso perdido que algunos pseudointelectuales hippies -que todavía quedan- se atreven a vender como ideal de vida, confundiendo el fatalismo con la paz espiritual.
Todo esto podría parecer propio de un reportaje de denuncia social. Nada más lejos del espíritu de la película, que respira optimismo y, sobre todo, ternura. Resulta emocionante la odisea del protagonista, movido por un amor tan puro e inamovible que parece irreal, pero aún más conmovedor para mí es el personaje del hermano, que a pesar de haber cometido toda clase de bajezas y llegar a ser verdaderamente abyecto, en los momentos clave es capaz de poner el afecto por encima de todo, hasta el punto de jugarse la vida. Y es que, en un mundo como el de Mumbay, el amor no tiene más remedio que ser heroico.
Es curioso que, con tantas escenas fuertes, se me haya quedado grabada una que no lo es tanto. Se trata de la parte en que los dos muchachos se buscan la vida haciendo de guías clandestinos en el Taj Mahal. Es deliciosa la historia que Jamal va improvisando sobre la marcha para contársela a los turistas incautos. Uno no puede evitar recordar a Sherezade imaginando cuentos cada noche para conservar la vida un día más.
Estas son sólo pinceladas que he entresacado de la riqueza del cuadro. Para apreciarlo por completo, hay que ver la película. Es verdad que decae hacia el final, quizá porque baja un poco el dinamismo que nos tiene en vilo durante la primera hora, quizá porque la inverosimilitud que aceptamos desde el comienzo –como una fábula oriental– se va haciendo difícil de sobrellevar a medida que avanza la trama. O tal vez porque la historia de amor imposible, tan hermosa, pierde fuerza y se vuelve casi dulzona la última media hora. Pero esos son defectos menores comparados con los ciento veinte minutos de auténtico placer cinematográfico que nos ofrecen Boyle y su equipo.
Y no se vayan del cine demasiado rápido, se perderían el cierre de comedia musical al más puro estilo de Bollywood.
Ojalá se haga con muchos Óscar. Sería lo justo, en mi opinión.
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